El Hábito de Pre-Juzgar
Mucho se habló, se dijo, se opinó y se condenó a Agustín Orión (arquero de Boca) por la infracción a Carlos Bueno (delantero de San Martin SJ) que generó la fractura de tibia y peroné que le demandará al menos seis meses de recuperación al delantero uruguayo. Mucho se escribió al respecto y acerca de las intenciones del arquero de si quería ir o no a lastimar a su compañero de profesión.
Como se puede observar, el impacto no fue una patada sino que Orión deja imprudentemente su pierna para generar el choque con Charly Good y así evitar la caída de su arco (lo que hubiera generado la primera derrota oficial de su equipo en el año).
Lo cierto es que el arquero xeneixe se encuentra bajo muchas presiones (si, presiones deportivas, pero presiones al fin) recibiendo críticas y cuestionamientos sobre su tarea profesional. Más allá de sus bajas actuaciones en el año pasado, con la llegada de Sara a competir por su puesto, nuevas voces se sumaron pidiendo su cabeza.
No son pocas las veces que nos encontramos en situaciones de distintas presiones para conseguir un objetivo que nos planteamos o nos plantearon y que sentimos que no debemos fallar, que debemos estar a la altura. Sabemos que se espera determinada cosa de nuestra parte por lo que tenemos que comportarnos de esa manera y conseguir el resultado esperado.
Sabemos que no hay lugar para no responder de esa forma esperada. Si no conseguimos lo que se espera que consigamos, si no hacemos lo que se espera que hagamos, si no actuamos de la manera que debemos actuar, entonces no somos dignos. No somos merecedores de ocupar el lugar que ocupamos.
A veces nosotros solos nos ubicamos a nosotros mismos en ese lugar. El lugar de ser perfectos, de cumplir con lo que creemos que se espera de nosotros (sin importar si verdaderamente alguien espera eso que nosotros estamos convencidos de que sí). En ese camino, nos cargamos de presiones actuando de formas y maneras inimaginables por nosotros mismos.
Con todas estas presiones, podemos reaccionar de maneras ajenas a nuestro verdadero ser. O no. Pero sentimos semejante presión, semejante miedo por no ser, por ser reemplazados, desplazados del lugar que tenemos y consideramos que nadie lo merece más que nosotros, que actuamos sin medir las consecuencias. Nos aferramos a lo nuestro a toda costa. Sin importar qué o quién queda en el camino. Sin importar si rompemos la tibia y el peroné de un compañero.

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