Recuerdos de la Primera Vez
No se muy bien que estaba haciendo esa tarde cuando llegó mi papá con tres entradas para ir al siguiente partido de mi equipo y mi cara se iluminó: "¿Vamos?", pregunté. Cuando la obvia respuesta afirmativa siguió a mi pregunta, todo lo demás por los siguientes días pasó a segundo plano. Iba a ir por primera vez a la cancha, algo que había esperado por mucho tiempo y a lo que mi papá se negaba porque era "muy chiquito".
Cuando llegó el día, la expectativa crecía con el correr de los minutos. Mi comportamiento en los días anteriores había sido ejemplar dado que no quería que nada hiciera cambiar de parecer a mi papá. Luego de estacionar el auto en un complejo cercano, fuimos caminando hacia el Estadio.
En el momento en que por fin divisamos la cancha todo pareció detenerse. Apenas podía mantener mi mandibula en su lugar y mis ojos abiertos de par en par ante el Estadio, mientras era él el que ahora venía hacia nosotros. Los típicos vendedores ambulantes, revendedores de entradas, policias y miles de hinchas completaban, en un segundo plano, la escena. Fueron pocos minutos que parecieron años. Eramos solo nosotros dos, mi equipo y yo. No recuerdo nada más de ese momento, no importaba nada más.
Pasando el primer control tuvimos que subir las escaleras para llegar a la tribuna. Las subí con tal prisa por conseguir el mejor lugar posible, que tampoco puedo decir con exactitud si fueron tres escalones o 50 pisos. Ya subiendo por allí me sentía feliz. Estaba donde siempre había querido estar.
Pero cuando el césped se presentó ante mí... Uy ese momento. Era un césped verde y bien brillante solo interrumpido por un cartel rojo de Toyota. El mismo Toyota que recordaba haber visto años atrás en el primer partido por televisión que recuerdo haber visto en vivo, en el que mi equipo perdió pero no me importó demasiado ya que asumí que al ser una Copa de Toyota, seguramente debía ser de carácter amistoso.
En el momento de acomodarme en mi butaca, asegurándome que fuera la mejor disponible, observé todo lo que pasaba a mi alrededor. No podía dejar pasar ni un detalle. Las camisetas de cada uno, cómo se iba llenando la cancha, las vallas publicitarias, los periodistas de campo de juego. Todo.
Durante el partido tenía que cantar cada canción que conocía aunque estuviera en la platea y ningún vecino de tribuna la cantara. La cantaba porque la sabía, y porque si estaba en la cancha tenía que cantar. Eran las mismas canciones que había cantado tantas otras veces pero ahora los jugadores me escuchaban. Cuando una no la conocía, ponía mi mayor esfuerzo para aprenderla rápidamente.
El partido lo ganamos 1-0. No quería que terminara nunca. Seguramente no fue un partido para el recuerdo de la mayoría de los hinchas. De hecho, no recuerdo cómo fue el gol, aunque sí quién lo hizo. Pero eso también pasa a un segundo plano.
Ahí fue un poco cuando conocí el amor. El amor puro e incondicional. Un amor que se da pleno, que se comparte con otros, que te lleva a acompañar en las buenas pero mucho más en las malas. Un amor que se vale de enojos, discuciones, peleas, malos humores, pero también alegrías eternas, momentos de felicidad extrema y absoluto.
El que no entiende el amor en el fútbol, el que no conoció el amor en el fútbol, el que no aprendió de amor en el fútbol... ¿Qué puede saber de amor?
Comentarios
Publicar un comentario