Me Voy al Mazo

- "Traé las cartas", me dijo, "hace mucho que no jugamos al truco".

Y sí, tenía razón. Hacía ya un tiempo que no jugábamos al truco, desde el verano. Claro, en el verano, él venía a mí casa, a mi pileta y también jugábamos al truco. Capaz que no, que sólo venía a jugar al truco y de paso aprovechaba la pileta. Pero si me decís que me la juegue, venía más por la pileta que otra cosa.

- "¿Estás sordo? Que te vengas con las cartas así jugamos", me repitió.

Antes del verano y la pileta, hacía otro tiempo ya que no nos veíamos. Puede ser un mes o un poco más, no me acuerdo bien. Pero sí, el calor y la pileta son una buena combinación, aunque este partido, era sólo por el placer de jugarlo. Ni estábamos en mi casa, ni en mi jardín, ni en mi pileta. 

Así que sin más fui a buscar las cartas, el mazo más viejo de todos porque es al que más cariño le tengo, le soplé un poco el polvo a la caja y llevé a aquel rincón sólo las cartas. Los ochos y nueves, los dejé en la cajita, haciéndole compañía a los comodines. ¿Para qué hacen ochos y nueves si en este país sólo jugamos al truco y en el truco no se usan?, pensaba mientras iba hasta allá. ¡Qué desperdicio de papel! Encima si no es el truco, se juega a la escoba del 15, que tampoco se usan los ochos y nueves.

Casi automáticamente y antes de sentarme, le entregué el mazo entero. "Contalas por las dudas", le dije al tiempo que les daba las cartas, "no vaya a ser cosa que falte alguna". Estaban todas. Yo sabía que el ancho de basto tenía una marquita que se veía de atrás, pero no fue por eso que elegí el mazo. De hecho, trataba de no mirarlo o de no verlo, no me gustaba usar esa ventaja a mi favor. No lo necesitaba tampoco.

- "Dale! Cortá", me lo dijo casi gritando. Parecía que me lo había repetido más de una vez y yo ni había atinado a reaccionar. En cuanto levanté la vista y vi que me estaba ofreciendo el mazo sobre la mesa, levanté la mitad de las cartas y sin mirar más que la parte de atrás de las cartas, las apoyé a un costado.

En la primera mano, fui a la pesca. La verdad, tenía 29 de envido, pero quería esperar a ver qué hacía él. Cuando fue su turno, creo que pensó en cantar el tanto, pero como me conoce, vio algo en mi mirada que lo hizo quedarse en el molde.

Seguimos jugando y la segunda la gané yo. La primera había sido de él, por lo que la segunda tenía que ganarla sí o sí. Si tengo que ser sincero, me la dejó bastante fácil. Jugó sin cantar nada un 12 de oro, que por suerte podía matar con mi ancho falso.

Aunque traté de no ver, sabía qué carta le quedaba. Aunque no hubiera visto la marca, la línea esa que conozco de memoria, su cara era suficiente. Tenía escrito en la frente lo que iba a hacer, cuál era su jugada. Desde ese 12 de oro o antes, yo sabía qué iba a hacer, cuál era su intención. No necesitaba ni la carta marcada, ni aprovecharme del reflejo de sus anteojos, ni siquiera necesitaba controlar las 36 cartas que quedaban en el mazo.

Sabía lo que venía. Sabía lo que iba a hacer. Estaba seguro de cuál iba a ser su próximo paso.

Pero no. No se lo iba a hacer fácil. No lo iba a dejar ganar. Si quería ver qué tenía yo, iba a tener que decir que sí, que quería. Claro, antes de tirar mi ancho falso, había cantado el truco. Yo sabía de memoria su jugada, estaba claro desde un principio. Pero si él quería ver mi jugada, iba a tener que pagar para ver.


Lo que no sabía, es que yo tenía el ancho de espada. O capaz que sí, y por eso prefirió irse al mazo…

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