Ciudadano del Mundo
Siempre que veía a alguien que había vivido en mil ciudades diferentes quería ser esa persona. Ser ciudadano del mundo, tiene muy buena prensa. Está bueno animarse a salir, a conocer algo nuevo, distinto, comparar. Empezar de nuevo.
Está buenísimo también si vas a un mejor país, más organizado, donde todo funciona, donde te sentís seguro (estás seguro), donde podes progresar, crecer.
Poder elegir con libertad dónde vivir, y no estar donde tocó, porque sí. Por miedo a salir, por comodidad, por costumbre. Aunque vivas en la mejor ciudad del mundo, está bueno animarse a salir, vivir en otro lado, trabajar en otro idioma, conocer otra cultura. Saber que esa nueva cultura, va a mezclarse en vos con tu cultura de origen y te va a hacer más único todavía.
Sentir que sos de todo el mundo, pero a la vez de ningún lado. Que casa es donde creciste, pero también la que estás construyendo. Ya no hay ningún lugar donde te sientas totalmente en casa, pero también varios lugares donde te sentis en casa.
Tener amigos y familiares alrededor del mundo. Eso está buenísimo. Alojamiento gratis en muchas ciudades, con personas que las ves y pase el tiempo que haya pasado, sentís que los viste el día anterior.
Es muy bueno y es una elección. Lo que nadie cuenta, es la otra parte. Las despedidas no son más fáciles porque sean más. El tiempo de los reencuentros no es eterno como viviendo en la misma ciudad.
Volví de visita a Buenos Aires en un viaje apurado. Así lo definí y así lo sentí. Valió la pena y pasé una semana increíble. Con la mayoría de la gente que vive o quiere vivir afuera. Pero lo sentí apurado. Me sentí, y estaba, de paso. Todos lugares y personas que me hacían sentir en casa, y ahora era un poco en casa pero otro poco no.
Ser ciudadano del mundo está buenísimo. Conocer otras cosas te ayuda a crecer como persona. Pero también tiene su lado B.
No es fácil irse, pero tampoco quedarse. La historia del pueblo judío marca bastantes migraciones y mudanzas, y en eso más me identifico. En esas ganas de progresar, de crecer, de no atarse.
Este viaje me demostró que las distancias son solo una excusa. Es lejos Winnipeg de Buenos Aires, sí, pero las personas pueden estar mucho más lejos viviendo a 10 cuadras.
Vale la pena animarse a salir. Pero también empezás a sentir más seguido angustia, o ese vacío por dentro en cada despedida. Acostumbrarte a la nueva vida, trae eso también, con todo lo bueno que también trae. Valorar cada momento con cada persona que querés, sabiendo que es único aunque se sienta cotidiano.
Sentir que todo es por un rato. Esto es lo que pasa ahora. Sigue siendo todo nuevo, y todo sigue cambiando. Es lo que pasa ahora, ya veremos qué viene después. Porque salir también tiene eso, te mueve todo lo que dabas por hecho. Te hace replantearte todo, no dar nada por seguro.
No sé cuándo ni dónde volveré a ver a todas las personas que vi en noviembre. Fue un mes de maravilla. Me sentí muy querido, y rodeado de amor. Por mis viejos amigos y por los nuevos. Por mi familia.
Quizás algún reencuentro sea en Buenos Aires. Otros en Nueva York, en Barcelona, Austria. Varios en Winnipeg. Y los demás, imposible saberlo. Como siempre pienso, seguramente sean antes de lo pensado, y tal vez en un destino inimaginado.
Ahora toca volver a casa. A mí casa. Mi casa que estoy construyendo día a día, con mi esfuerzo y poniendo lo mejor de mí. Con días mejores y días peores. Con mis sueños y mis ganas de crecer. Acostumbrándome a vivir solo, a vivir en otro país, en otro idioma, en otra cultura. Avanzando.
No es fácil ser ciudadano del mundo. Pero vale la pena.
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