Ser feliz era esto
Cuando entré a mi anterior trabajo, dos personas se encargaron de demostrarme con hechos que podía contar con ellas. Una de las dos, no paraba de hablar de su pueblo: Suipacha. Nos reímos mucho de las situaciones típicas de pueblo y poco a poco lo fuimos conociendo.
Después de casi dos años de conocerla, decidimos ir y concretamos el viaje. Quería conocer Suipacha, pasar un fin de semana distinto con amigos, y ver las estrellas.
Arrancamos el viernes a la noche. A eso de las 23, paramos en Mercedes al costado de la ruta a comer. Ahí nos dimos cuenta, que eso era la felicidad. Eramos 5 amigos (el sábado se sumaron más), que estábamos ahí porque queríamos, a punto de comer en una parrilla al costado de la ruta. Y no hacía falta más.
Esa sensación de plenitud, me acompañó durante las 32 horas que pasaron desde que salí hasta que volví a mi casa. Esa felicidad, alegría y tranquilidad que a veces la naturaleza en lo lejano ayuda a dejarnos valorar.
Una familia de primera, que nos abrió las puertas de su casa con tremenda alegría. Pusieron todo a nuestra disposición, pero sobre todo pusieron muchísima buena onda y ganas de pasarla bien todos juntos. Nos hicieron sentir como en nuestra casa de principio a fin.
Fue un viaje relámpago, que recontra valió la pena. Ese cielo del viernes a la noche me lo guardo para mi. Para disfrutarlo cada vez que quiera. No sólo por las estrellas que había, sino por el momento que estaba cubriendo. Un momento especial y muy divertido. Como todo el resto del viaje.
Pudimos conocer ese pueblo lejano, que ya conocíamos, pero no en persona. Pudimos caminar por esas calles que tanto habíamos escuchado hablar. Estábamos ahí porque decidimos estar. Y valió la pena.
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