Y un día, volvió...
Cuando el jueves me enteré que concentraba, lo primero que hice fue llamar a mi papá. "Tenemos que ir a la cancha", le dije. Ya no me preocupaba si tenía que caminar a buscar las entradas, o hacer dos horas de fila, o lo que hubiera que hacer. Si él podía volver, yo tenía que estar.
El partido no se planteaba fácil. "Si vamos ganando, tiene que entrar sí o sí', pensaba. No podía llevarlo al banco sólo para mirar. "Pero si vamos perdiendo también, para darle fútbol al equipo". Fuera como fuera, tenía que entrar.
El gol del 1-0 dio un poco de tranquilidad, encaminó las cosas. Después de la victoria del miércoles, este 1-0 hacía parecer que todo iba como tenía que ir.
Con el correr de los minutos el rival fue ganando terreno, teniendo más la pelota, generando más situaciones y convirtiendo en figura a nuestro arquero.
El primer cambio, no me preocupó. Era lógico que no iba a ser el primero en entrar, menos tan rápido. Si no había vuelto antes era por su físico y no tenía sentido arriesgarlo en su primer partido haciéndolo jugar tantos minutos. Pero el segundo cambio... ay ese segundo cambio.
Ahí si empecé a sufrir. "¿Y si se lesiona o expulsan a un defensor y no puede entrar?". El partido era cada vez más para ellos, pero poco importaba... yo quería ver a mi ídolo.
Hasta que lo llamó el técnico. En ese momento, la tribuna se puso de pie para aplaudirlo. Y el equipo, cambió la cara. Sin que todavía hubiera entrado a la cancha, el equipo se adelantó en el terreno y peleó más por la pelota.
Y a los 29 minutos del segundo tiempo, volvió. Bastó que agarrara la primera pelota para mostrar su magia, su categoría, su fútbol. Para mostrar, si es que todavía tiene algo por demostrar, por qué siempre fue distinto al resto mas allá de su físico.
Yo no sabía si llorar, o reir, o saltar, o aplaudir, o gritar, o qué. Cada pelota que tocó fue una caricia al corazón. Tanto tiempo esperando ese momento y pude vivirlo en la cancha.
Gracias por volver Pablito. La pelota y yo, te extrañábamos.
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